02 diciembre 2011

Amanda

Qué manía aquella de mirar el reloj y esperar a que dieran las cinco, no por la hora, sino por la ausencia de minutos flotantes que arruinan lo exacto. No sé, tenía aquella estúpida manía de mirar el reloj y ver que eran las 4 con 51 minutos y me era imposible levantar la bocina del teléfono y marcar tu número, para que consecutivamente me respondieras con alguna frase graciosa y me carcajeara silenciosamente -porque estaba en la oficina- por unos segundos y después preguntara lo que ya sabía ¿cómo estás? sabía a la perfección que estabas preciosa, te imaginaba sentada en aquel sofá naranja mientras enrollabas el cable telefónico a tu dedo índice y reías mirando las fotografías de la pared de tu sala.
A veces quisiera enseñarte tantas cosas, pero siempre termino aprendiendo de ti y eso me encanta, me exaspera, me hace llorar. Como deseo salir y verte ahí parada esperándome, lejos, en dónde nadie te pueda ver.
Por fin, son la cinco y te llamaré... Ya te he llamado, no estás, el timbre sonó tantas veces que hasta inventé una canción. Tanto esperar para terminar inventando un estúpida canción y colgar resignado y triste y escribir esto y quedarme con este mal sabor de boca y tomar un trago de agua y estornudar y sacudirme la nariz y ver miserablemente mi lugar de trabajo, mi escritorio, mis lentes encima de él, mis manos nerviosas y ponerme los lentes y estirarme y tronar mi espalda contra el respaldo de la silla y volver a mirar la hora y verificar que la armonía se ha roto y de nuevo corroborar que no soy más que un hombre enamorado de una mujer que no está en casa para levantar el teléfono y hacerme sonreír como idiota.